"...Pasada un poco la emoción, el hombre se sentó a la sombra del mausoleo y, con la corona morada entre las piernas, se puso a recordar su infancia en las calles de Temuco y sus primeros escarceos con la pelota de trapo. Y, sin darnos cuenta, de pronto, ahí, junto a la tumba del jugador pampino, nos hallamos conversando enfervorizados sobre la trascendencia que puede tener el fútbol en la vida de un hombre; en su manera de ser y en su manera de enfrentar las adversidades. Todos estuvimos de acuerdo que en el exiguo terreno de una cancha de fútbol se podía apreciar lo mejor y lo peor del ser humano. Allí, en el campo de juego, en ese rectángulo de pasto o de tierra, cerrado o abierto, en medio de la gran ciudad o en los más perdidos potreros, en esos escasos noventa minutos de brega, se podía ver la nobleza, el coraje, la lealtad y todo lo bueno que conlleva el individuo; pero del mismo modo podía aflorar también lo peor: la cobardía, la injusticia, la soberbia y el engaño. Todos coincidimos por igual cuando el Fantasista, con un dejo de amargura en su voz cavernosa, dijo que nadie podía decir lo que era el placer si nunca le hizo un gol olímpico al mejor arquero del año; que ninguno podía saber lo que era el jubilo más desatado si nunca gambeteó a tres rivales al hilo y anotó el gol del triunfo en los descuentos de una final de campeonato. Pero de igual modo, ningún cristiano conocía la derrota y la humillación más profunda si no caminó nunca a buscar la pelota después de hacer un autogol.
Por último, rematamos todos de acuerdo: nadie había experimentado la angustia de sentirse solo en el universo, hasta no haberse parado bajo los tres palos, esperando que lo fusilaran de un tiro penal en el último minuto de juego.
Aquí hubo un instante de silencio. Un silencio profundo. Como si sobre el camposanto hubiese pasado un ángel con el dedo en los labios. Todos nos quedamos como ensimismados. El Fantasista entonces se incorporó y, en un gesto casi sacramental, se puso a acomodar la corona amorosamente en la cruz del mausoleo.
En esos momentos, una bandada de jotes nada de angélicos apareció planeando lerdamente sobre el cementerio..."
Por último, rematamos todos de acuerdo: nadie había experimentado la angustia de sentirse solo en el universo, hasta no haberse parado bajo los tres palos, esperando que lo fusilaran de un tiro penal en el último minuto de juego.
Aquí hubo un instante de silencio. Un silencio profundo. Como si sobre el camposanto hubiese pasado un ángel con el dedo en los labios. Todos nos quedamos como ensimismados. El Fantasista entonces se incorporó y, en un gesto casi sacramental, se puso a acomodar la corona amorosamente en la cruz del mausoleo.
En esos momentos, una bandada de jotes nada de angélicos apareció planeando lerdamente sobre el cementerio..."
Hernán Rivera Letelier, "El Fantasista"
Muy buen extracto, me quedo con la parte de los sentimientos dentro de la cancha el extasis y la humillacion ante el rival.
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