09 febrero, 2010

"Libertad"

El tomó vino toda la noche, aquel 28,
y seguía pensando en ella;
la manera en que caminaba y hablaba y amaba
la manera en que le dijo cosas que le parecían verdad,
pero no lo eran, y el conocía el color
de cada uno de sus vestidos,
y sus zapatos, el conocía la parada y la curva de cada taco,
tan bien como las piernas a las que le daban forma.

Y ella había salido otra vez cuando el llegó a casa, y
volvería con ese especial hedor, otra vez
y así fue.
Ella llegó como a las tres de la mañana
inmunda como un cerdo comemierda,
y el agarró el cuchillo de carnicero
y ella gritó,
retrocediendo contra la pared de la pensión
todavía bella de algún modo,
a pesar de que el amor se esfumaba.

Ese vestido amarillo,
su favorito,
y ella gritó de nuevo.

Y él agarró el cuchillo
se desabrochó el cinto,
se arrancó la ropa delante de ella,
y se cortó las bolas.

Y las tuvo entre sus manos,
como nueces
y las dejó caer en el inodoro
y tiró la cadena.
y ella seguía gritando,
mientras la habitación se ponía roja
OH, DIOS!
QUÉ HAS HECHO?
Y el se sentó ahí,
sosteniendo tres toallas entre las piernas
no importándole ya si ella se iba o se quedaba
si se vestía de amarillo o de verde
ni ninguna otra cosa.

Y mientras con una mano sostenía las toallas,
levantó la otra y se sirvió otro vino.

Charles Bukowsky

05 febrero, 2010

El cartero de Neruda (Ardiente Paciencia)

"... Neruda soltó la manilla del portón y se acarició la barbilla:
- Mario Jiménez, aparte de Odas elementales tengo libros mucho mejores. Es indigno que me sometas a todo tipo de comparaciones y metáforas.
- ¿Don Pablo?
- ¡Metáforas, hombre!
- ¿Qué son esas cosas?.
El poeta puso una mano sobre el hombro del muchacho.
- Para aclarártelo más o menos imprecisamente, son modos de decir una cosa comparándola con otra.
- Déme un ejemplo.
Neruda miró su reloj y suspiró.
- Bueno, cuando tú dices que el cielo está llorando, ¿qué es lo que quieres decir?
- ¡Qué fácil! ¡Que está lloviendo, pu!
- Bueno, eso es una metáfora.
- ¿Y por qué, si es una cosa tan fácil, se llama tan complicado?
- Porque los nombres no tienen nada que ver con la simplicidad o complejidad de las cosas. Según su teoría, una cosa chica que vuela no debiera tener un nombre tan largo como mariposa. Piensa que elefante tiene la misma cantidad de letras que mariposa y es mucho más grande y no vuela –concluyó Neruda exhausto. Con un resto de ánimo le indicó a Mario solícito rumbo hacia la caleta. Pero el cartero tuvo la prestancia de decir:
- ¡P’tas que me gustaría ser poeta!
- ¡Hombre! En Chile todos son poetas. Es más original que sigas siendo cartero. ..."
A. Skármeta

15 enero, 2010

El Fantasista

"...Pasada un poco la emoción, el hombre se sentó a la sombra del mausoleo y, con la corona morada entre las piernas, se puso a recordar su infancia en las calles de Temuco y sus primeros escarceos con la pelota de trapo. Y, sin darnos cuenta, de pronto, ahí, junto a la tumba del jugador pampino, nos hallamos conversando enfervorizados sobre la trascendencia que puede tener el fútbol en la vida de un hombre; en su manera de ser y en su manera de enfrentar las adversidades. Todos estuvimos de acuerdo que en el exiguo terreno de una cancha de fútbol se podía apreciar lo mejor y lo peor del ser humano. Allí, en el campo de juego, en ese rectángulo de pasto o de tierra, cerrado o abierto, en medio de la gran ciudad o en los más perdidos potreros, en esos escasos noventa minutos de brega, se podía ver la nobleza, el coraje, la lealtad y todo lo bueno que conlleva el individuo; pero del mismo modo podía aflorar también lo peor: la cobardía, la injusticia, la soberbia y el engaño. Todos coincidimos por igual cuando el Fantasista, con un dejo de amargura en su voz cavernosa, dijo que nadie podía decir lo que era el placer si nunca le hizo un gol olímpico al mejor arquero del año; que ninguno podía saber lo que era el jubilo más desatado si nunca gambeteó a tres rivales al hilo y anotó el gol del triunfo en los descuentos de una final de campeonato. Pero de igual modo, ningún cristiano conocía la derrota y la humillación más profunda si no caminó nunca a buscar la pelota después de hacer un autogol.
Por último, rematamos todos de acuerdo: nadie había experimentado la angustia de sentirse solo en el universo, hasta no haberse parado bajo los tres palos, esperando que lo fusilaran de un tiro penal en el último minuto de juego.
Aquí hubo un instante de silencio. Un silencio profundo. Como si sobre el camposanto hubiese pasado un ángel con el dedo en los labios. Todos nos quedamos como ensimismados. El Fantasista entonces se incorporó y, en un gesto casi sacramental, se puso a acomodar la corona amorosamente en la cruz del mausoleo.
En esos momentos, una bandada de jotes nada de angélicos apareció planeando lerdamente sobre el cementerio..."

Hernán Rivera Letelier, "El Fantasista"

09 enero, 2010

"Ante la Ley"

Ante la ley hay un guardián. Un campesino se presenta al guardián y le pide que le deje entrar. Pero el guardián contesta que de momento no puede dejarlo pasar. El hombre reflexiona y pregunta si más tarde se lo permitirá.

- Es posible - contesta el guardián -, pero ahora no.

La puerta de la ley está abierta, como de costumbre; cuando el guardián se hace a un lado, el campesino se inclina para atisbar el interior. El guardián lo ve, se ríe y le dice:

- Si tantas ganas tienes - intenta entrar a pesar de mi prohibición. Pero recuerda que soy poderoso. Y sólo soy el último de los guardianes. Entre salón y salón hay otros tantos guardianes, cada uno más poderoso que el anterior. Ya el tercer guardián es tan terrible que no puedo soportar su vista.

El campesino no había imaginado tales dificultades; pero el imponente aspecto del guardián, con su pelliza, su nariz grande y aguileña, su larga bárba de tártaro, rala y negra, le convencen de que es mejor que espere. El guardián le da un banquito y le permite sentarse a un lado de la puerta. Allí espera días y años. Intenta entrar un sinfín de veces y suplica sin cesar al guardián. Con frecuencia, el guardián mantiene con él breves conversaciones, le hace preguntas sobre su país y sobre muchas otras cosas; pero son preguntas indiferentes, como las de los grandes señores, y al final siempre le dice que no todavía no puede dejarlo entrar. El campesino, que ha llevado consigo muchas cosas para el viaje, lo ofrece todo, aun lo más valioso, para sobornar al guardián. Éste acepta los obsequios, pero le dice:

- Lo acepto para que no pienses que has omitido algún esfuerzo.

Durante largos años, el hombre observa casi continuamente al guardián: se olvida de los otros y le parece que éste es el único obstáculo que lo separa de la ley. Maldice su mala suerte, durante los primeros años abiertamente y en voz alta; más tarde, a medida que envejece, sólo entre murmullos. Se vuelve como un niño, y como en su larga contemplación del guardián ha llegado a conocer hasta las pulgas de su cuello de piel, ruega a las pulgas que lo ayuden y convenzan al guardián. Finalmente su vista se debilita, y ya no sabe si realmente hay menos luz o si sólo le engañan sus ojos. Pero en medio de la oscuridad distingue un resplandor, que brota inextinguible de la puerta de la ley. Ya le queda poco tiempo de vida. Antes de morir, todas las experiencias de esos largos años se confunden en su mente en una sola pregunta, que hasta ahora no ha formulado. Hace señas al guardián para que se acerque, ya que el rigor de la muerte endurece su cuerpo. El guardián tiene que agacharse mucho para hablar con él, porque la diferencia de estatura entre ambos ha aumentado con el tiempo.

- ¿Qué quieres ahora - pregunta el guardián -. Eres insaciable.

- Todos se esfuerzan por llegar a la ley - dice el hombre -; ¿cómo se explica, pues, que durante tantos años sólo yo intentara entrar?

El guardián comprende que el hombre va a morir y, para asegurarse de que oye sus palabras, le dice al oído con voz atronadora:

- Nadie podía intentarlo, porque esta puerta estaba reservada solamente para ti. Ahora voy a cerrarla.

04 enero, 2010

Curao pedaleo mejor


30 diciembre, 2009

Liberación vegetal!


Maipú


Mercado Central / Vega Central

27 diciembre, 2009

Pa' la micro (Claudio Bertoni)


Ilustraciones para los poemas:

[1] Joven
[2] Espejito, espejito
[3] Garota

de Claudio Bertoni